Saint Phalle y Tinguely comienzan a tener una vida juntos en el París de 1960, que
sirve de caldo de cultivo para una colaboración de carácter muy experimental. Saint
Phalle centra su trabajo en aquellos años en torno a la indagación de la realidad circundante,
siguiendo así la línea de los nouveau réalistes.
Los objetos más comunes sirven a la artista para mostrar su particular imaginario personal,
pero también para cuestionar la principal orientación que imperaba años atrás,
en la que la expresión creativa se traduce en propuestas ligadas a lo espiritual como
se evidencia en el expresionismo abstracto.
Tinguely por su parte, se ve seducido por las premisas básicas del surrealismo, las
cuales une al uso de materiales de desecho e incluso basura, que emplea fundamentalmente
en assemblages. En estos, Tinguely desarrolla una de sus principales preocupaciones
como es dar movimiento a las piezas y para ello hace uso de motores y recursos
afines que permiten insertar la propuesta de este creador dentro del arte cinético.
El trabajo de Saint Phalle, lleno de lirismo y feminidad, frente a las estructuras móviles
y descuidadas de Tinguely, termina por configurar una obra conjunta llena de poesía
y de pragmatismo en la que se podría decir que ella desarrolla las ideas y él crea la
puesta en escena.
Fueron muchos los happenings realizados entre ambos, así como esculturas de grandes
dimensiones, dentro de las que se destaca un personaje reiterado de Saint Phalle
como son sus Nanas (figuras de grandes dimensiones, coloridas y afables).
Mientras que en Tinguely, la experimentación con materiales insospechados y el uso
de automatismos estimulan, frente a los diseños de Saint Phalle, verdaderas piezas
lúdicas que irrumpen en su relación con el espectador y que poseen una armónica
relación con las propuesta de la artista.